Ha pasado un año, pero hay tragedias que no entienden de tiempo. Hay dolores que no respetan calendarios, ni aniversarios, ni intentos de olvido. Hay heridas que no cicatrizan con los días ni se alivian con el silencio. Y la tragedia del Jet Set es una de ellas.

Porque aquella madrugada del 8 de abril no solo colapsó el techo de una discoteca emblemática; también se desplomó la tranquilidad de cientos de familias y se fracturó para siempre una parte de la memoria emocional de la República Dominicana.

Durante décadas, el Jet Set fue mucho más que un centro de entretenimiento. Fue sinónimo de tradición, de encuentros, de noches memorables, de música en vivo y de una vida nocturna que marcó generaciones. Su escenario fue testigo de aplausos, risas, bailes y de artistas que convirtieron ese espacio en una referencia obligada de la cultura popular dominicana. Sin embargo, aquella madrugada, el nombre del Jet Set dejó de estar ligado únicamente a la fiesta y al merengue para quedar marcado, para siempre, por el dolor, la angustia y la muerte.

Leer más: Movimiento Justicia Jet Set rinde homenaje a víctimas a un año de la tragedia

Lo que comenzó como una noche de celebración terminó convirtiéndose en una de las tragedias más devastadoras que ha vivido el país. Mientras sonaba la música y el público disfrutaba de la presentación del merenguero Rubby Pérez, “La voz más alta del merengue”, el techo colapsó de manera repentina, sembrando caos en cuestión de segundos. Donde antes había aplausos, hubo gritos. Donde había alegría, quedaron escombros. Donde había vida, llegó una ausencia imposible de explicar.

Aquella madrugada no dejó solo una escena de horror; dejó también un vacío nacional. 236 personas perdieron la vida y más de 180 resultaron heridas. Pero incluso esas cifras, se quedan cortas frente al verdadero tamaño de la tragedia. Porque cada víctima tenía un nombre, una historia, una familia, un sueño, un proyecto de vida. En el Jet Set no murieron números; murieron padres, madres, hijos, hermanos, amigos, trabajadores, figuras públicas y ciudadanos que simplemente salieron a compartir una noche que jamás imaginaron sería la última.

Un año después, el recuerdo sigue siendo una herida abierta. Las imágenes de aquella madrugada aún estremecen: los escombros, las ambulancias, los rostros bañados en lágrimas, los familiares aferrados a la esperanza, las oraciones elevadas en medio de la desesperación. La República Dominicana se paralizó frente a la tragedia del Jet Set, y aunque el calendario ha seguido avanzando, el dolor permanece intacto para quienes todavía viven con la ausencia.

Porque el tiempo no devuelve abrazos. No llena sillas vacías. No responde llamadas que nunca llegaron. No borra la última conversación, el último beso, la última despedida. Para muchas familias, el Jet Set ya no es solo el nombre de una discoteca; es el lugar exacto donde su vida cambió para siempre. Es el punto donde comenzó una lucha diaria contra el duelo, la impotencia y los recuerdos que persisten incluso en el silencio.

Y como si el dolor no bastara, un año después la tragedia sigue arrastrando una herida aún más profunda: la de una justicia que no termina de llegar. Porque el país no solo llora a sus muertos; también exige respuestas. Exige saber cómo fue posible que una estructura colapsara de esa manera. Exige responsabilidades y consecuencias. Exige que este caso no termine reducido a expedientes, retrasos o maniobras legales que desgasten a las víctimas y favorezcan el olvido.

Por eso, la tragedia del Jet Set sigue viva. Vive en cada audiencia judicial y en cada madre que aún llora a su hijo. Vive en cada sobreviviente que todavía despierta con el eco del derrumbe. Vive en cada familiar que se aferra a la memoria para no dejar morir la verdad.

La República Dominicana no puede recordar el Jet Set únicamente desde la nostalgia o desde el horror. Tiene que recordarlo también como una lección dolorosa y urgente. Como una señal de alarma sobre la negligencia, la indiferencia y la peligrosa costumbre de ignorar advertencias hasta que ya es demasiado tarde. Tiene que servir para revisar estructuras, supervisiones, responsabilidades y omisiones. Tiene que obligarnos a cuestionar la cultura del “eso nunca va a pasar”, esa que tantas veces termina costando vidas.

Porque cuando un país no aprende de sus tragedias, corre el riesgo de repetirlas.

Y quizás por eso, este 8 de abril no solo llora la tierra. También llora el cielo.

lavozsinfronterasnews

Abinader designa a Herminia Reyes Abreu como viceministra Administrativa y Financiera de Agricultura

Previous article

SNS da seguimiento a incidencias en Hospital Vinicio Calventi tras lluvias

Next article

You may also like

Comments

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

More in Opinión